Desde su infancia en Culiacán, Nadia Manjarrez ha tejido una historia de resiliencia, ambición y sensibilidad estética que hoy la posiciona como una de las voces más interesantes del bridal design contemporáneo. Su carrera, que comenzó entre telas en casa y despegó en las grandes ligas del evening wear en Nueva York, ha estado marcada por una convicción poderosa: crear belleza con propósito.

Entre aprendizajes en casas de moda como Marchesa y Badgley Mischka, y una inesperada pausa pandémica que transformó su visión, nació Nadia Manjarrez Studio Bridal, un atelier con alma mexicana que desafía lo convencional y redefine lo que significa vestirse de novia. Con colecciones versátiles, diseñadas para mujeres que quieren sentirse ellas mismas —y no disfrazadas— el trabajo de Nadia no solo honra la tradición, sino que la expande, siempre con una narrativa íntima y transformadora.
En esta conversación, nos abre las puertas a su proceso creativo, su conexión con México y su apuesta por una moda que empodera desde la costura misma.
Te fuiste a Nueva York en 2011. ¿Ya tenías claro que querías dedicarte al diseño o cómo empezó todo ese camino?
Empecé en evening wear, ropa de fiesta, y empecé como intern. En realidad me fui con una pasantía y luego esa pasantía se convirtió en trabajo. Estuve en Badgley Mischka, Marchesa, Cushnie et Ochs, y más adelante en Flor et.al. Cuando llegó la pandemia, Flor et.al cerró y eso me llevó de regreso a Culiacán.
Desde entonces he estado back and forth. Ahorita tengo un mes aquí, me regreso tres semanas, luego vuelvo dos meses, me regreso un mes… y así me la llevo entre Nueva York y Culiacán.

¿Cómo fue que los vestidos de novia se cruzaron en tu camino?
Todo empezó en 2019, cuando varias amigas me pidieron que les hiciera su vestido. Era totalmente random, no eran amigas entre sí: una era mi mejor amiga, otra era la hermana de mi cuñada… todas se casaban en 2020. Y pensé que era un buen momento para empezar una línea. Me tomé un mes sabático en Culiacán, usé todas mis vacaciones y me puse a trabajar en esos vestidos. Pero llegó la pandemia y todas las bodas se cancelaron, solo una logró casarse. Para entonces ya había contratado a una costurera y como nos quedamos sin trabajo, empezamos a hacer cubrebocas para donar.
El mejor amigo de mi papá era quien estaba encargado de epidemias en Sinaloa y me dijo que no había cubrebocas. Hice research, conseguí material quirúrgico, pasamos las pruebas y empezamos a donar. Luego las familias de los doctores nos empezaron a pedir para comprar, y con lo que vendíamos donábamos otro tanto. Pronto éramos cinco en el equipo. Contraté costureras que hacían vestidos de novia o de quinceañera, mujeres que se quedaron sin trabajo en la pandemia. Y cuando retomé los vestidos de novia, ya tenía un equipo increíble.
¿Hubo un momento claro en el que decidiste dedicarte por completo al mundo bridal?
Creo que el momento decisivo fue cuando vi que podía quedarme en Culiacán por más tiempo. Ya tenía experiencia: en Flor et.al me tocó lanzar la línea de novias de la marca. Hice el estudio de mercado, desarrollo de telas, todo. Aunque no diseñaba directamente para novias, siempre me llamó la atención. Y cuando las amigas me empezaron a buscar para sus bodas, fue como una señal.
Definitivamente es un animal distinto. La producción de bridal es muy diferente al ready-to-wear. Es un poquito más amigable en términos de inversión, aunque no necesariamente barato. Pero yo ya venía de producir en Asia, vender en Estados Unidos… y me emocionó mucho que este camino me permitiera algo más cercano, más hecho a mi medida. Creo que fue una mezcla entre casualidad y una inquietud que ya tenía.



¿Cómo fue el proceso para desarrollar tu primera colección como Nadia Manjarrez?
Tuve la ventaja de estar trabajando con novias reales que ya se iban a casar, y en contextos muy distintos. Una iba a hacer solo un elopement, otra se casaba con todo en Culiacán, otra en Ciudad de México, otra en Austin, una más en la montaña en Vail… entonces todo eso me permitió tener un focus group sin querer queriendo. Y todas, de alguna manera, buscaban versatilidad.
Entonces pensé: si todas me están pidiendo eso, ¿por qué no hacer una colección transformable? Pero que fuera comercial, rentable y que no se viera como un disfraz. Además, ya venía cargando con diez años de experiencia en este mundo de siluetas, contrastes de colores, forros, fibras, etc.
Siempre había querido hacer algo en Culiacán. No quiero ser parte de la fuga de talento, al contrario, sé que allá hay muchísimas personas con más talento que yo, solo que no han tenido la misma exposición. En ese momento yo todavía tenía mi departamento en Brooklyn, la idea era solo estar unos meses en México. Pero la pandemia se extendió, todo se cayó, incluso un contrato nuevo que ya tenía casi cerrado. Me costaba soltar Nueva York, pero cuando mi papá falleció en enero de 2021 por COVID, fue un momento muy fuerte. A los dos días me fui a la oficina, imprimí un calendario y dije: “hoy me cayó el veinte de que nos estamos muriendo, ya hay que hacer esto”. Si lo iba a lanzar, lo iba a lanzar con todas las herramientas que yo tenía. Eso fue en enero, y en octubre lancé la colección en New York Bridal Fashion Week.


Y sobre ese lanzamiento… ¿en qué te inspiraste para darle forma a esa colección?
Fue una colección hiper emocional para mí. Era un momento bien oscuro, pero también bien bonito, porque todo el mundo tenía algo lindo que decir de mi papá. Me inspiré en el kintsugi, que es una técnica japonesa para reparar cerámica rota con oro. Me encantó la idea de que cuando algo estuvo dañado puede volverse más bonito.
Entonces utilicé muchos tonos metálicos, muchas fibras, muchas texturas. Yo venía del mundo evening wear, no tenía un ojo tan desarrollado en bridal, y eso me permitió jugar con muchos elementos. Entre lo que ya sabía, lo que pedían las novias y la libertad creativa que me dio esa inspiración, creo que por ahí vino ese enfoque tan fresco que tuvo la colección.
También fue clave mi network de personas: mis amigas, mis proveedoras, todas empezaban sus propios proyectos y nos fuimos ayudando. Yo no tenía presupuesto, ellas tampoco. Todos necesitábamos salir adelante, y así fue.
Después de ese inicio tan emocional, ¿cómo describirías la evolución de tu estilo? ¿Ha cambiado algo con el tiempo o te has mantenido fiel a esa esencia?
Siempre es un tema de feedback, ¿no? Yo tengo tres tipos de clientas: las tiendas, las novias y la prensa. Y también me incluyo a mí misma. Siempre trato de escuchar lo que todas tienen que decir y ver cómo puedo mejorar. Lo que sí se ha mantenido constante es la versatilidad. Como nosotros somos dueños de la fábrica, y yo reviso absolutamente todas las piezas antes de que salgan, eso nos da mucha libertad para jugar. Son vestidos que se venden como parte de la línea, pero se pueden personalizar muchísimo.
Y también he intentado mantenerme al margen de lo que se espera de una colección de novias dentro de nuestro rango de precios. Trato de no seguir otras marcas, trato de no ver lo que hacen. Prefiero buscar inspiración en otras cosas que no tengan nada que ver con el bridal.



¿Crees que tu identidad mexicana influye en lo que haces como diseñadora?
Súper sí. De entrada, casi todas mis colecciones —excepto una— están inspiradas en algo de México. Siempre quiero que se note que es una marca mexicana, hecha por manos mexicanas. Y no creo que tenga que ser artesanal para que sea mexicana; en México hacemos productos sofisticados también.
Algo que me ha ayudado mucho a posicionarme en las tiendas es el fit: yo diseño para un cuerpo latino. Eso es una ventaja competitiva. Muchas marcas, incluso gringas o de otros países de Latinoamérica, diseñan pensando en un cuerpo europeo, que es mucho menos curvo. Claro que todo eso se puede ajustar, pero si una novia se prueba un vestido que ya se parece a su cuerpo, es mucho más probable que conecte con él.
¿Cómo empieza tu proceso creativo cuando le vas a dar vida a una nueva colección?
Cada vez es diferente. Tengo unas notas en mi celular que se llaman “ideas” donde escribo cosas que solo yo entiendo. A veces veo algo en la calle y me lo mando por WhatsApp a mí misma, o tomo una foto. Siempre estoy recolectando inspiración de cosas que se me ocurren.
Antes de empezar una colección, hago un merchandising plan con la directora de ventas. Eso nos da una estructura: revisamos qué se vendió, qué gustó y por qué. Por ejemplo, si este vestido gustó por la tela, este por el fit, este porque estaba “loco”. Así vamos viendo qué tipo de piezas necesitamos: una ligera, una llamativa, una grande, una con brillo…
Tengo una lista interminable de ideas y eso es lo que se tiene que ejecutar. En cuanto a la inspiración creativa, esa llega como boom, de un momento emocional. Una vez fue un atardecer en la terraza con mi esposo; otro día fue en Japón, viendo los trajes samurái, que casi no usan metal y están hechos con mucha seda. Me llamó la atención cómo tratan la tela… y así, de pronto, pienso: “esto tiene que ser una colección”.



Cuando piensas en la mujer que lleva los vestidos de Nadia Manjarrez, ¿cómo la imaginas?, ¿qué tiene que ver contigo también?
Casi siempre que llegan conmigo me dicen que vienen porque no se parece a lo que hay en otros lados, y eso se siente muy bien. Yo diría que mi clienta no es minimalista. Siempre digo que es maximalist who cares. Es una chica que quiere algo especial, que no quiere ir plain, pero tampoco quiere verse disfrazada. Y sobre todo es alguien que aprecia el craftsmanship, la calidad del trabajo, las telas…
¿Y qué telas sueles usar? ¿Cuánto tiempo toma hacer una colección completa desde cero?
Uso muchos encajes, telas bordadas, tulle, chiffon de seda, charmeuse de seda y organza. Hay una organza que yo misma desarrollé, que es seda con nylon, y es de nuestras favoritas. Cuando trabajaba para otras marcas, yo era diseñadora textil, entonces ahora desarrollo muchos de mis propios textiles, no todos, pero sí una buena parte.
Si vamos a desarrollar telas nuevas, eso toma entre 8 y 16 semanas, de dos a cuatro meses. Al mismo tiempo trabajamos en los vestidos: se hacen los patterns, los fit tests… y nosotros invertimos muchísimo en los entalles. Ningún vestido sale del taller sin entallarse al menos seis o siete veces. Siempre corregimos hasta que la línea se vea bien. En total, una colección puede tardar entre seis y siete meses en estar lista.




Para cerrar, si una novia en México quiere casarse con uno de tus vestidos, qué tiene que hacer? Y ya que estamos… ¿cuál sería tu consejo para no fallar en la elección del vestido?
El proceso es sencillo: pueden contactarnos directamente o buscar alguna de nuestras tiendas asociadas. Si tienen en mente un vestido específico, la tienda nos puede contactar y podemos mandar esa muestra de forma temporal. También pueden visitarnos en nuestros showrooms en Culiacán o Nueva York, y llevar todo el proceso con nosotros. El tiempo ideal es de cuatro a seis meses.
¿Y el consejo? Que se dejen llevar por su feeling. El vestido correcto es ese con el que te sientes espectacular, no porque se te ve el cuerpower, sino porque te sientes tú, te sientes cómoda, te sientes bonita. Siempre les digo a mis clientas: te tienes que ver tú vestida de novia, no disfrazada de novia.
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Contacto:
@nadiamanjarrezbridal
Culiacán: Gral. José Aguilar Barraza 140-pte, Jorge Almada, 80200 Culiacán Rosales, Sin.
NY: 150 W 28th St #802a, New York, NY 10001, United States
POR: MELISSA LARA




